Voy a contaros una historia verdadera. Sucedió hace ya algún tiempo pero su vigencia perdura a través de los años dado que los seres humanos; unas veces por desconocimiento, otras por empecinamiento y las mas por orgullo estamos condenados a que se repita.
Erase un zapatero, gran trabajador, que con mucho sacrificio había logrado poseer una zapatería en la que trabajaban él y sus tres hijos. Al principio pasaron apuros. Con gran esfuerzo de los cuatro, se hicieron poco a poco con la mayor parte de la clientela de la zona e incluso remendaban los zapatos de muchos clientes de pueblos cercanos. La vida empezaba por fin a sonreírles. Así, fueron pasando uno tras otro los años y todo parecía salir a pedir de boca, pues entre otras cosas se habían granjeado el respeto y admiración de todos los vecinos de la comarca por su dedicación, buen hacer y profesionalidad.
Sucedió que enfermó el padre y antes de morir reunió a sus tres hijos y les dijo: “Cuidad del negocio, hasta ahora nos ha mantenido a todos y si hacéis el trabajo tal como yo os he enseñado tendréis una buena vida tanto para vosotros como para vuestros hijos y nietos”.
Una tarde, a los pocos meses de haber fallecido el padre, se reunieron los tres hermanos y decidieron que había llegado el momento de hacerse más ricos y poderosos. Consiguieron de un prestamista el suficiente dinero para comprar dos nuevas zapaterías no muy alejadas ambas de la primera, y cada hermano se hizo cargo de una de ellas.
Los tres hermanos meditaban por separado; “Si con una sola zapatería hemos conseguido remendar los zapatos a quinientos clientes al mes, muy mal se me tendrían que dar las cosas para no conseguir la misma cantidad en mi zapatería”. “Claro que, como ya no estaremos los tres hermanos juntos, tendré que contratar a dos empleados para que me ayuden”. “Por consiguiente, aunque al principio tenga que invertir en material, útiles y demás enseres, una vez amortizadas estas inversiones iniciales, tendré un beneficio igual a cuando solo teníamos una zapatería y repartíamos las ganancias entre tres”.
Transcurridos tres meses desde la separación, coincidieron un día en el bar del pueblo y cada uno de ellos se lamentaba de lo mal que les iban las zapaterías. No sólo no se cumplían las expectativas que se habían trazado sino que cada mes acababan perdiendo dinero.
Decidieron, unánimemente, consultar con Don Agapito, que en la comarca estaba considerado una persona de amplios conocimientos y sabio proceder. Así lo hicieron y cada uno de ellos le expuso el problema que les había llevado a visitarle.
Don Agapito, una vez que escuchó a los tres, se incorporó de su silla y mirándoles fijamente les dijo. Conocí a vuestro padre, una persona recta, trabajadora y bondadosa y a quién debéis estar agradecidos, pues os crió, educó y os enseñó el oficio de zapatero. Pero por todo lo que me habéis relatado se le olvidó advertiros que sin algún día decidieseis separaros y comprar dos nuevas zapaterías, antes os aseguraseis que se hubieran triplicado el número de clientes.
MORALEJA: Quién mucho abarca, poco aprieta, y si ves que aquello que habías imaginado no se puede cumplir, vuelve a dónde estabas y no te empecines en seguir. Es malo para todos.
Rectificando demuestras sabiduría e inteligencia.




“Forma parte del ritual” Susurraba José Luís Rodríguez Zapatero a Alberto Ruiz Gallardón, mientras escuchaba los constantes abucheos que una numerosa parte del público asistente le profería. Si ese rito lo considera nuestro Presidente como el precio que tiene que pagar por su cargo y no le da más importancia, está cometiendo un gravísimo error y un acto de irresponsabilidad.